Pasaron las horas, pero él no se levantaba. Aquel lugar se había convertido en su modo de huir de la realidad. Nadie podía perturbar ese ambiente que tanta tranquilidad le producía. Pero él sabía que no podría estas así siempre, que tarde o temprano tendría que volver a su rutina. Esa idea le devolvió la angustia con la que había empezado a correr. Se levantó y justo cuando iba a volver a empezar a correr sin rumbo, empezó a llover. Se quedó quieto, alzó su mirada a las nubes. Pronto apareció aquel olor que tanto le gustaba. Aquel olor que producía la lluvia cuando suavemente cae sobre la seca tierra sobre la que los humanos edifican.
Llovía y llovía, pero él no se movía, pues quería disfrutar de la sensación de limpieza que le producía la lluvia en contacto con su piel. Todos sus temores, obsesiones y nervios desaparecieron poco a poco. El agua recorría todo su cuerpo. Su pelo, que habitualmente estaba rizado, se volvió liso y cubrió su cuello. La lluvia hizo visible todas las heridas que, convertidas en cicatrices, albergaba en su cuerpo. No se arrepentía de tenerlas, al contrario, estaba orgulloso de ellas. Todas mostraban que había luchado en múltiples ocasiones, sin importarle las consecuencias de lo que pudiera pasar más adelante. Esas cicatrices le hicieron ser consciente de que huir no era la solución. Miró al cielo una vez más, alzó sus manos y grito con todas sus fuerzas. Acto seguido empezó a correr de vuelta a su rutina, a su lucha continua. No podía rendirse después de todo lo que había vivido, tenía que seguir. Y así es como el guerrero, cuyas heridas ya había curado, volvió a su realidad, su batalla interminable por la vida perfecta."
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